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27/09/2011 I Historias de Malagueño I El Che Guevara y sus días en Malagueño

El Che de novio con María del Carmén "Chichina" Ferreyra, pasó muchos fines de semana en la Estancia Malagueño, propiedad de la familia de la jóven.

La casa de los González Aguilar, en el barrio Cerro de las Rosas, parecía un arbolito de Navidad encendido en la noche cordobesa. La gente había ido llegando hasta allí después de la ceremonia en la iglesia, y los autos estacionados se estorbaban con los taxis frente al portón de rejas en la cuadra con pendiente. Al final de la calle, hacia abajo, la ciudad titilaba adormecida.

En la puerta, el portero contratado controlaba las tarjetas que le exhibían los invitados. Y aunque nadie se lo había pedido, les miraba también la ropa: riguroso traje en los hombres, vestido largo en las mujeres. Todos iguales. Todos, con una sola excepción: ese jovencito de aspecto desgreñado que había sido de los primeros en llegar.

El portero lo había mirado sorprendido. Llevaba puesta una camisa celeste de fibra poliamida, unos pantalones que hubieran necesitado plancha, y unas zapatillas blancas. No tenía medias, ni saco ni corbata, y como había llegado con Pepe, el hermano de la señorita Carmen, la del casamiento, ni siquiera había mostrado su tarjeta de invitación.

Era una noche estrellada de mediados de octubre de 1950, y ese joven todavía musculoso, de pelo corto y flequillo sin peinar, había entrado en la fiesta con el mismo desenfado con que años después entraría en la historia. Tenía veintidós años y aunque se llamaba Ernesto Guevara, por entonces le decían Fuser. Era una abreviatura caprichosa de Furibundo Serna, que describía concisamente al muchachito tempestuoso, voluble e irritable que era.

Aquella noche, en la fiesta de casamiento de Carmen González Aguilar, el futuro Che conocería a su primera novia.

Linda, de ojos inmensos

A María del Carmen Ferreyra le decían Chichina. Tenía dieciséis años y era la luz del empresario Horacio Ferreyra, su padre, y del otro Horacio, el hermano mayor, al que llamaban Cuco. Los Ferreyra tenían el status de familia cordobesa tradicional: los varones estudiaban en el Montserrat y las mujeres eran de comunión diaria; los que estaban en edad votaban religiosamente a Amadeo Sabatini; tenían una estancia en las sierras donde pasar el verano, y una de las fortunas más grandes de la provincia.

Las fotos de la época muestran a una Chichina morocha y de mirada curiosa. Es linda, parece alta y delgada, y tiene un gesto adusto. Del pelo medianamente largo, más bien rebelde, le cae un mechón a la derecha de la cara, que le tapa a medias los ojos inmensos que sonríen más que la boca.

Aunque de las fotos no pueda deducirse, aquella primavera de 1950 Chichina era una seductora en potencia. Los chicos de su edad (y, sobre todo, de su misma condición social) la rondaban sin darle tregua, y el encuentro con Ernesto fue el encuentro con lo diferente.

"Me fascinó su físico obstinado y su carácter antisolemne", contaba Chichina en octubre de 1967. "Su desparpajo en la vestimenta nos daba risa y, al mismo tiempo, un poco de vergüenza. No se sacaba de encima una camisa de nailon transparente que ya estaba tirando a gris, del uso. Se compraba los zapatos en los remates, de modo que sus pies nunca parecían iguales. ƒramos tan sofisticados que Ernesto nos parecía un oprobio..."

Aquel joven de "carácter antisolemne", sin embargo, conservaba en el apellido un cierto sello de clase: era un Guevara Lynch por parte de padre, y un De la Serna por parte de madre. Para los Ferreyra, en principio, aquello era una buena carta de presentación.

Los Guevara habían llegado a Córdoba a mediados de los años 30, y al principio se habían instalado en una casa de Alta Gracia. Antes habían vivido en Misiones y en San Isidro, y en 1943, cuando Ernesto tenía quince años (había nacido en Rosario el 14 de junio de 1928), la familia se mudó a la Capital. Además de papá Ernesto y mamá Celia, también integraban la familia los cuatro hermanos de Fuser que habían nacido en Alta Gracia: Celia, Ana María, Juan Martín y Roberto.

Ernesto Guevara Lynch, el padre, era un hombre voluntarioso pero frustrado: había fracasado en cada uno de los negocios que había emprendido y, honradamente pobre, había decidido mudarse a las sierras, pues su hijo mayor era asmático. Celia de la Serna, la madre, era un ama de casa que había sido educada en francés, como correspondía a las hijas de las familias patricias, y había decidido seguir los sueños trashumantes de su marido.

Tanto uno como la otra estaban emparentados con algunos de los apellidos más rancios de la aristocracia nacional: los Pueyrredón, los Zavaleta y los Gainza, por parte de los Guevara, y los Otamendi, los Ortiz y los Gamas, por parte de los De la Serna. Esta familia de aristócratas venidos a menos tenía ideas socializantes, y los amigos que hicieron en Córdoba profesaban la misma fe. En Alta Gracia habían conocido a Juan González Aguilar, un médico que había sido jefe de Sanidad de la República Española, y Celia y Ernesto padre habían ayudado integrando los comités de ayuda a republicanos, antifascistas y maquis.

Ernesto se había criado en ese ambiente, y a la amistad con los González Aguilar sumó la de los hermanos Granado, Tomás y Alberto, dos jóvenes estudiantes antiperonistas cuya militancia en la universidad los había conducido varias veces al calabozo. Cuando Carmen González Aguilar (de la que Ernesto estaba secretamente enamorado) decidió casarse, él fue el primero en ser invitado, y viajó hasta Córdoba por tres días para asistir a la fiesta. Ernesto y Chichina se encontraron aquella noche del casamiento, y descubrieron que eran diferentes pero no incompatibles. Después, como en el más vulgar de los cuentos de hadas, se enamoraron.

Novio y marinero

Al principio, el joven Guevara y la menor de los Ferreyra empezaron a verse con las limitaciones que les imponían sus propias historias. El vivía en Buenos Aires, donde estudiaba medicina, y ella, en Córdoba. Además, el tiempo que a Ernesto le quedaba libre de la facultad tenía que repartirlo entre su novia y sus viajes como enfermero: cada vez que podía, se embarcaba en los buques de la marina mercante, que lo llevaban a recorrer el mundo desde los confines patagónicos hasta el Caribe.

¿Experiencia en el amor? Algunas: si a Chichina le habían sobrado hasta entonces los pretendientes, a él no le habían faltado las novias. Una de las mujeres que habían ocupado un lugar en su vida habían sido Berta Gilda Infante, a la que conoció en la facultad. Tita Infante, como la llamaban, con el tiempo lo recordaría así: "Comenzaba el año 1947. En un anfiteatro de anatomía, mientras estudiábamos medicina, escuché varias veces una voz grave y cálida, que con su ironía se daba coraje a sí mismo y a los demás. Era un muchachito bello y desenvuelto. Una mezcla de timidez y altivez, quizá de audacia, encubría una inteligencia profunda y un insaciable deseo de comprender y, allá en el fondo, una infinita capacidad de amar. Nuestro contacto fue siempre individual: en la facultad, en los cafés, en mi casa, rara vez en la suya... Nunca faltó a una cita y era puntual".

Pese a la ternura de la mujer, a la que Ernesto recordaría hasta el abrupto final de su vida, él no iba a darle más que un lugar en la galería de sus amigos: la trató siempre de usted, profesó por ella un respeto casi asexuado, y si Tita y él alguna vez fueron amantes, se cuidó muy bien de decirlo.

Sin embargo, desde el principio la historia con Chichina iba a ser diferente: ella era la novia que todos le conocían.

La belle époque

Durante los primeros tiempos el noviazgo fue viento en popa, a pesar de la distancia. Ernesto viajaba a Córdoba cuando podía y se hospedaba alternativamente en lo de los González Aguilar o en la casa de su amigo Alberto Granado, al que seguía viendo y con el que recordaba los años en que los dos vivían en Alta Gracia y, con Guevara padre, salían a hacer excursiones punitivas por las sierras en busca de nazis.

Visitaba a Chichina en su casa de Cerro de las Rosas, y los fines de semana se mudaba con sus amigos a Malagueño, la estancia que los Ferreyra tenían en las sierras, a mitad de camino hacia Villa Carlos Paz. Eran tiempos de cabalgatas, asados y un poco de fútbol, y la ocasión de absorber el aire puro que su asma requería a bocanadas.

En las sobremesas o a la hora de la siesta, los amigos (que se llamaban a sí mismos Grupo Malagueño) se juntaban para hablar de literatura, de cuestiones políticas o de filosofía, y escuchaban absortos las anécdotas que Ernesto contaba de sus viajes. A veces participaba de aquellas reuniones Ferreyra padre, y entonces nadie, excepto Fuser, decía exactamente lo que pensaba. Era raro y único, diferente del resto, y lo habían bautizado Pitecanthropus Erectus.

El joven Guevara tenía prisa para todo. A poco de conocer a Chichina, cuando apenas se habían visto una docena de veces, le propuso un casamiento inmediato y una larga luna de miel viajando por América en casa rodante. Era un vagabundo empedernido y el año anterior, en 1949, había recorrido doce provincias en una bicicleta a la que había adosado un motor.

Furias de sobremesa

A María del Carmen la sedujo esa aventura del viaje, pero cuando contó la oferta a sus padres, los Ferreyra se escandalizaron. Y aunque Ernesto siguió visitando a su novia después de la negativa, el resquemor entre él y aquella familia había comenzado.

Los Guevara eran una familia de antiperonistas fervorosos. Celia, la madre, había estado detenida en 1947, y Ernesto padre fabricaba bombas en su casa. Ernesto hijo no hubiera podido ser otra cosa, y militaba en la universidad enrolado en la FUA. Ya había hecho sus lecturas eclécticas, que iban desde los pacifistas indios hasta Marx y Lenin, pasando por Neruda, y el contacto familiar con los españoles antifranquistas había pulido su manera de ver las cosas.

Era, por entonces, un librepensador en tránsito hacia el marxismo y veía en Perón el origen de todos los males. Pero no de la misma manera que el radical sabatinista padre de su novia.

Las discusiones de sobremesa, en Malagueño, llegaban a ser encarnizadas. Ferreyra era un industrial que sufría en carne propia la organización obrera instrumentada por el peronismo, y veía en los gremios y en los sindicatos un fantasmal peligro socializante. Ernesto se burlaba de esos temores y no se guardaba nada que pudiese irritar al dueño de casa.

El clímax de esas disputas llegó una noche en la estancia, después de cenar, cuando el joven Guevara criticó con ferocidad al primer ministro británico Winston Churchill y su política conservadora. La charla, que terminó abruptamente, había empezado con la socialización de la medicina y las elecciones en Inglaterra.

Testigos de esa reunión cuentan que Horacio Ferreyra se indignó y dijo: "Esto ya no lo puedo aguantar". Se levantó de la mesa y salió del comedor dando un portazo. Ernesto, en cambio, se quedó allí de lo más campante, comiendo a mordiscos un limón con cáscara.

Para la familia Ferreyra, de comunión diaria e intereses que defender, ese chico era un comunista.

El principio del fin

Aunque eso aún no era cierto, en todo caso las ideas de Ernesto poco y nada tenían que ver con las de su posible suegro. En aquellos días, Guevara estaba interesado en Gandhi, y su libro de cabecera era El descubrimiento de la India, de Nehru, del que le regaló un ejemplar a Chichina, dedicado largamente. Mientras tanto seguía viviendo entre embarcado y en Buenos Aires, y viajando a Córdoba cada vez que tenía algún tiempo libre. Estaba enamorado de María del Carmen y, aunque era tímido, no se lo ocultaba a nadie.

Su madre, Celia de la Serna, contó años después: "Cada vez que llegaba al puerto me llamaba por teléfono para ver si había recibido cartas de Chichina, y me pedía que fuera corriendo a llevárselas".

Cuando la oposición de la familia Ferreyra a la relación de su hija con ese joven se hizo manifiesta, Ernesto empezó a pensar en hacer el viaje por América con su amigo Alberto Granado. Quizá sin saberlo, esta idea, que implicaba de por sí una elección, ya llevaba el germen de la próxima ruptura con su novia.

Después de largos preparativos en los que Chichina -a escondidas de sus padres- también participó, Guevara y Granado salieron al fin desde Córdoba, en moto, el 29 de diciembre de 1951. Se habían trazado un itinerario caprichoso, y para ir hacia el norte empezaron por el sur.

Después de pasar Año Nuevo en Buenos Aires, en casa de la familia Guevara, siguieron hacia la costa atlántica. Según lo habían planificado, la primera etapa del viaje sería Miramar, al sur de Mar del Plata, porque en ese balneario estaba Chichina de vacaciones con sus padres y con una tía de Ernesto, Carmen de la Serna, esposa del periodista Cayetano Córdova Iturburu y amiga de los Ferreyra.

En el camino, a poco de salir de Buenos Aires, Guevara se detuvo a comprar un cachorro de ovejero alemán que el 6 de enero de 1952, Día de Reyes, le regaló a su novia. Aunque lo había bautizado Come Back, una vez que se fuera, Ernesto no iba a regresar.

Ultima luna de miel

Al llegar a la playa, los amigos no fueron bien recibidos por los Ferreyra. Toda la familia estaba en un chalet frente al mar, y los dos viajeros poco tenían que hacer allí. Se burlaron de ellos, los ridiculizaron y, sin embargo, la hostilidad de todos no pudo impedir que Guevara y Chichina vivieran felices aquellos días -los últimos- que pasaron juntos en Miramar.

Una carta de Ernesto a su padre, escrita poco tiempo después, da el tono de su estado de ánimo en el momento de la separación: "Todo fue una luna de miel continua, con ese sabor amargo de la próxima despedida que se estiraba día a día, hasta llegar a ocho. Cada vez me gusta más o la quiero más a mi cara mitad. La despedida fue larga, ya que duró dos días, y bastante cerca de lo ideal. A Come Back también lo siento mucho".

Sobre la familia Ferreyra, ni una palabra. Acaso sabiendo que había perdido la batalla, Ernesto Guevara, enamorado, tomó su moto el 14 de enero de 1952 y reemprendió el viaje.

El que siete años más tarde iba a empezar a ser conocido en todo el mundo como El Che, nunca volvió a ver a su primer amor.


Nota de: Jorge Camarasa - Diario La Nación.

Las fotos publicadas (salvo la última) fueron proporcionadas por la Familia Ferreyra, según la página web: www.cubaenelmundo.com

 

Foto Galería

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    El Ché, en la época en que viajaba como camarero y lavacopas en un barco de carga argentino

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    De su periplo por Argentina en una bicicleta con motor “Cucciolo”. Foto autografiada por el "Ché": “Para mis admiradoras cordobesas, El Rey de los Caminos”.

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    Fotografía tomada en la Estancia Malagueño, alrededor del año 1951.

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    Imagén actual del casco de la Estancia Malagueño

 

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